En Corea del Sur reformaron hace diez años su legislación para incluir los derechos y deberes de la robótica. En la actualidad estos ya “cotizan” y las empresas tienen que pagar impuestos si los utilizan. El país asiático está preparándose para lo que todo indica que llegará globalmente en un lustro: la mecanización de millones de puestos de trabajo. En poco tiempo los ciudadanos menos cualificados tendrán serios problemas para competir con unos robots que podrán hacer su trabajo por menos dinero y además sin incordiar con descansos para el cigarrillo. Habrá que pensar entonces en qué hacemos con tanto desocupado en medio de la abundancia productiva. La renta mínima, una andragogía masiva o colonizar Marte serán, entre otras, las opciones. Estamos en los albores de un cambio civilizatorio, y los países que no se preparen para ello quedarán pronto “obsoletos”.
Y sin embargo, en las Españas seguimos con pleitos decimonónicos.
Desde hace ya demasiado tiempo aquí no se habla más que de identidades nacionales, que es un tema caduco. Y además se hace de la manera más pueril, buscando diferencias donde no las hay, o son nimias, y alegando que si hay diversidad no es posible la convivencia y por tanto es legítima la separación, lo que no deja de ser un argumento fascistoide.
Se habla de reformar la Constitución, que no sería malo si fuera para adaptarla a los nuevos tiempos tecnológicos o garantizar un bienestar mínimo, pero todo lo que se pretende es incluir la definición del Estado como plurinacional. Como si alguien supiera qué demonios es eso. Las naciones no son más que meras narraciones, pura ficción, storytellings del poder, tanto las unitarias como las separatistas. Es como tener que elegir entre Star Wars o Star Trek ¿Cuál te emociona más? Por supuesto no cuál crees verdadera, porque sabes que ambas son mentira.
Andrés Oppenheimer, que es un argentino que mira con ojos estadounidenses, insiste mucho en sus libros en la necesidad de que los países hispánicos se sitúen a la altura de los tiempos y que dejen de hurgar en el pasado y en contarse cuentos identitarios. En ¡Crear o morir! se pregunta por la inexistencia de un Steve Jobs en estas latitudes y, sobre todo, que sea inimaginable que aparezca uno. Dice que esta es una cuestión básica que debería de estar en el centro de los análisis políticos de nuestros países. Por cierto que a continuación cuenta que un lector español le dijo que en su país está prohibido por la ley lo que hizo Jobs de iniciar un negocio tecnológico en el garaje de su casa.
Sobre lo que deberíamos estar discurriendo y legislando son estos temas. Nuevas tecnologías, educación, emprendimiento, economía en la era global… La otra opción es acabar en la cuneta de la historia, acompañados solo de gente igualitica que nosotros mismos, eso sí.
Sabemos que el motivo porque el que nos tienen eligiendo entre banderas es para evitar precisamente que se debata sobre cuestiones más graves y cruciales, que surja una nueva sociedad más preparada y dinámica. Habría que empezar negando la mayor y rechazando entrar en dilemas identitarios. O sea, mirar más a Corea del Sur y menos a nuestro ombligo, que por cierto es muy poco interesante.