Vivimos en los segundos previos a la ignición. No sabemos muy bien qué sucederá pero estamos seguros de que será una transformación radical, un cambio civilizatorio. El mundo mudará de piel y nuestros nietos ya no seránsapiens. Y mientras las vigencias sociales mayoritarias siguen en pleitos arcaicos, hay pensadores que tratan de cartografiar este mañana inminente. La mayor parte de textos que se producen en este campo son en inglés, pero de vez en cuando hay publicaciones en nuestro idioma. Muchas vienen por cierto desde la Argentina, donde la editorial Caja Negra con su colección Futuros Próximos parece empecinada en traducir y distribuir todos los libros que hoy por hoy están describiendo el futuro.

Su última aportación es Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, una selección de dieciséis ensayos de distintos autores a cargo de los profesores Armen Avanessian y Mauro Reis.

El “aceleracionismo” es un término que al parecer surgió como un insulto, pero el filósofo Nick Land lo recogió y se lo colgó como una medalla. Él es pionero en su teorización inicial y a él se le deben dos de los capítulos más interesantes del libro. Luego Alex Williams y Nick Srnicek, siguiendo a Land pero rebelándose contra él, presentaron en el 2013 su Manifiesto por una política aceleracionista, que también aparece en este libro y que finalmente puso estas teorías en las pantallas de proyección de las universidades anglosajonas.

El aceleracionismo bebe, entre otros, de Marx. El Marx de los “Fragmentos sobre las máquinas” de los Grundisse y el del Manifiesto comunista que ve a la modernidad capitalista burguesa como la gran fuerza que revoluciona las sociedades y acaba con fronteras y religiones.

De fondo está siempre la “destrucción creativa” de la que hablaba Schumpeter, con el capitalismo moderno renovándose y renovando todo continuamente para seguir en marcha. Éste ha sido finalmente el gran motor del progreso; es una contradicción dinámica que ha salido de todo control.

Para Land será a la larga el triunfo de una nueva ontología y el inicio de la singularidad tecnológica. Para sus detractores “de izquierda” -signifique esto lo que signifique- la posibilidad de superar el capitalismo con la renta mínima y la abolición del trabajo obligatorio.

Coinciden todos en que caminamos hacia un mundo nuevo y de lo que se trata es de hacerlo más rápido, correr hacia él en vez de intentar escapar. Porque además no hay alternativa. No podemos regresar al mundo preindustrial y carecemos de un plan B en éste. Para esta corriente “no hay un afuera”; de hecho este motto se repite implícita o explícitamente en los diversos capítulos y casi podría haber sido un subtítulo más acertado del libro.

Los mejores ensayos están, a nuestro parecer, al principio del libro, donde figuran los iniciadores del movimiento.

Nick Land aparece como un teórico fundamental sobre el que hay que investigar más. Por lo que leemos en internet se ha convertido en una adalid de cierto neo-tradicionalismo de esos que como fenómeno estético parece ideal para adolescentes seguidores de rock gótico, pero como planteamiento político provoca agitaciones estomacales. “Colapso” y la “Crítica del miserabilismo trascendental” son sin embargo dos pequeñas maravillas.

En el primero, y en la mejor tradición deleuziana de la que es reconocidamente deudor, propone nuevos términos para nuevas realidades. Por ejemplo, “hiperstición”, que sería una ficción tan bien construida que acaba formando una realidad; o “metrógago”, un parásito que interactúa y sofistica al cuerpo que succiona (“Las infecciones inteligentes cuidan de sus anfitriones”). En el segundo hace una lúcida radiografía del ambiente intelectual europeo; habla de aquellos filósofos que parecen niños enfadados con sus amigos y que se cruzan de brazos y refunfuñan que no quieren jugar más. Para Land el mundo actual ofrece una gama de posibilidades infinitas. Pero hay filósofos que no quieren ver ninguna salida. Odian al capitalismo y como éste parece no tener alternativas se enfadan y entristecen, y ponen su bilis y lágrimas por escrito. Sin embargo la vida sigue y ellos se la pierden.

El “Manifiesto por una política aceleracionista” está dando para mucho debate y desde luego amerita tanta atención. Plantea el rearme del discurso político desde los postulados aceleracionistas. Alex Williams y Nick Srnicek tienen talento para el panfleto, ya que consiguen convencer. Circula por internet con bastante profusión y además es breve, así que no hay excusa. Hay que leerlo lo antes posible, antes de que quede obsoleto, que será rápidamente si sus autores están en lo cierto.

Otro de los referentes es Antonio Negri, que escribe aquí enmendándoles la plana a Williams y Srnicek por su extrañamente comunista a la par que elitista Manifiesto. Sin embargo está claro que Negri les respeta y siente que hablan el mismo idioma. Su Imperio tiene bastante de marco epistemológico para el aceleracionismo. El filósofo italiano tampoco ve un exterior a la globalización, no considera viable ningún regreso, y de lo que se trata ahora es de reorientarla para hacerla revolucionaria.

También hay un par de textos donde se intenta explicar que existe una estética aceleracionista, pero las referencias a la música tecno no acaban de convencer. Sí lo hace empero la idea de que pronto tendrán que surgir nuevas formas artísticas que exploren los potenciales tecnológicos.

Hay que decir que además algunos de los ensayos, pocos, son tan enrevesados que parecen una parodia del críptico lenguaje derridiano, como si fueran pequeños sabotajes a lo Alan Sokal con sus Imposturas intelectuales.

Un libro irregular, en definitiva, pero con algunas partes que pronto serán clásicas.